Chomsky y el poder de la ciencia y de la política


Les copio un pedacito muy interesante de una entrevista a Noam Chomsky publicada en Tendencias 21:

“La ciencia trata de cosas muy simples y formula preguntas básicas sobre ellas. Tan pronto como la ciencia se hace más compleja, ya no es capaz de responderlas. La razón de que la física pueda llegar a tales profundidades es porque se limita a cosas extremadamente simples, prescindiendo de la complejidad del mundo …”. “La ciencia difícilmente alcanza los asuntos humanos. Las circunstancias humanas son demasiado complicadas. Incluso comprender los insectos es un problema demasiado complicado para la ciencia. Así, las ciencias que tenemos no nos dicen apenas nada de las dimensiones humanas”.

La ciencia, para Chomsky, conoce el mundo, pero muy pobremente. Pero, sin embargo, frente a esta “visión precaria”, ofrece la visión prepotente de un conocimiento absoluto ilusorio que funda una instancia de poder falsa. El “ídolo” de un conocimiento final que se impone, resuelve las cosas, y sustituye nuestra responsabilidad humana de vivir comprometidamente ante el enigma.

El poder de la política es algo semejante. Se crea la ficción de que el concimiento (e incluso la ciencia) impone ciertos modos de actuar que se ofrecen a la gente como inevitables. La manipulación de los medios de comunicación es el instrumento con que la “razón política” se apropia del poder por imposición del conocimiento.

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Eurekas y euforias

eurekasyeuforias.jpgAsí se llama el libro que mi amigo Bwokaa (que tuvo algo que ver con la edición española) me regaló. Es una recopilación de anécdotas, curiosas y divertidas, relacionadas con la ciencia y los científicos escrita por Walter Gratzer. Para muestra, una de ellas, que fue contada por el físico George Gamow y que está ambientada en los turbulentos tiempos de la Revolución Rusa:

“Ésta es una historia que me contó uno de mis amigos que en esa época era un joven profesor de física en Odesa. Su nombre era Igor Tamm (galardonado con el premio Nobel de Física en 1958). En una ocasión en que fue a un pueblo vecino, en la época en que Odesa estaba ocupada por los rojos, y estaba negociando con un aldeano cuántas gallinas podía obtener por media docena de cucharas de plata, el pueblo fue ocupado por una de las bandas de Makhno que recorrían el país hostigando a los rojos. Al ver sus ropas de ciudad (o lo que quedaba de ellas), los asaltantes le llevaron frente al Ataman, un tipo barbudo con un gorro de piel alto y negro, con su pecho cruzado por cintas de cartuchos de ametralladora y con un par de granadas de mano colgando de su cinturón.

«¡Tu eres un hijo de puta, un agitador comunista que está socavando nuestra madre Ucrania! El castigo es la muerte.»

«No», respondió Tamm. «Yo soy profesor en la Universidad de Odesa, y he venido aquí sólo para conseguir algo de comida.»

«¡Basura!», replicó el líder. «¿De qué eres profesor?»

«Enseño matemáticas.»

«¿Matemáticas?», dijo el Ataman. «¡Muy bien! Entonces hazme una estimación del error que se comete al truncar una serie de Maclaurin en el n-ésimo término. ¡Hazlo y quedarás libre. Falla, y te pegaremos un tiro!»

Tamm no podía creer lo que oía porque este problema pertenece a una rama bastante especial de las matemáticas superiores. Con mano temblorosa, y bajo el cañón de la pistola, consiguió calcular la solución y se la pasó al Ataman.

«¡Correcto!», dijo el Ataman. «Ahora veo que eres realmente un profesor. ¡Vete a casa!»

¿Quién era este hombre? Nadie lo sabrá nunca. Si no murió más adelante, quizás esté dando ahora clases de matemáticas superiores en alguna universidad ucraniana.